miércoles, 1 de febrero de 2012

El milagro de ser UNA

De regreso a casa fui detenida por la policía de tránsito para revisar los documentos que acreditan mi libertad de circular en un vehículo. Los entregué sin dudas. Para mi todo estaba en orden, pero el seguro obligatorio estaba vencido y  cuando se me inquirió por el actual, ante la sorpresa al percatarme del olvido, reaccioné mecánicamente y menti. En consecuencia a esa mentira me metí por unos instantes en un juego infantil. En medio de la representación estaba consciente de mi y paré para enfrentar la verdad: no tenía seguro.
Inmediatamente se me sentenció a la retención del vehículo hasta que presentara renovado el documento. 
Eran pasadas las seis de la tarde y me dejé llevar por angustia, pues dada la hora mis posibilidades de regresar sin carro eran escasas y además estaba muy cargada con mercado y otros insumos que requiero para operar en el campo. Pensé en los animales que conviven y dependen de mi. Rogué, imploré, argumenté, reconocí mi error, pedí orientación y me comprometí a solucionarlo el mismo día. Pero la decisión seguía siendo la misma, ya que ellos también reaccionaban  con base en su convicción que todos les mienten y así es, también les había mentido.
Hubo consultas entre ellos, preguntas y respuestas sinceras hasta que me aquieté, enmudecí, recordé lo que soy y sin preconcebirlo me oí diciendo: gracias. Ellos se sorprendieron y me dijeron que no tenía qué agradecerles, ya que todo seguía igual, sólo era cuestión de la esperar la grúa. -Después, cuando reflexioné lo vivido comprendi que mi gratitud tuvo que ver con la aceptación. Esa situación era inevitable, tarde o temprano sucedería, ya que tenía absolutamente borrada de mi conciencia el asunto del seguro y éste más que un trámite significaba una salvaguarda para mi-.
No agregué palabra alguna y entré en el silencio, en la inacción, en la ausencia de expectativas, en la nada. Todos dejamos de hablar. Y nos encontramos en un momento sin tiempo ni tensiones, segundos, minutos, de una brevedad incalculable y luego en completa mudez me devolvieron los papeles y me permitieron continuar. ¿Por qué? En el vacío me hice Una, auténtica y en el lugar de otro, sin lugar para las palabras, ni siquiera para reiterar la gratitud. Ya conocía todo lo que creó esa experiencia.
Con la perseverancia de sentirme bendecida paré en cada estación de gasolina que encontré a mi paso, hasta que en la cuarta parada, pese a la hora, encontré una oficina abierta y una empleada generosa que extendió su horario de trabajo y gestionó la renovación del seguro obligatorio y así regresé en paz a mi hogar.
La paz es conmigo, la paz es con todos. ¡Así es!
G.U.





1 comentario:

kiki dijo...

Increible, aquí creo hay obligación de que no siga el vehículo pues en caso de accidente cómo cubre el conductor los perjuicios a terceros. Lo lógico es que la hubieran acompañado a una agencia de seguros.

Pero es cierto, hay una duda siempre en si se está diciendo la verdad o tomando el pelo al funcionario, aunque también puede pasa a lo vicecersa.

Pero Dios sabe como hace las cosas.