viernes, 28 de marzo de 2014

Rendición 8

Él se queda ahora en un hotel cercano a su oficina, mientras que yo renuncié a recuperarlo y le oculté a mi familia el fracaso de mi matrimonio. 
Buscaba sin suerte una manera de ponerlo en evidencia, de hacer público su pecado y una tarde en casa de Padre, con los brazos ocupados sosteniendo al último bebé de la Cuñada supe qué hacer.
Pese a estaba fuera de mi, actuaba con frialdad. Volví al convento y le pregunté a la Madre Superiora sobre la posibilidad de ir a al selva como misionera. Ella se compadeció de mi dureza y, sin cuestionare ni aconsejarme, me prometió consultar en la Curia.
Esperé. Me mantuve encerrada. Desprecié cada pedazo y objeto de la casa, su valor se fue con mi Marido, al igual que el amor y la pasión que sentí por Él. Dejé de limpiar, de hacer la compra de mercado, de cocinar y vestida con las prendas que me hacían atractiva me sentaba al lado del teléfono. Me alimentaba el rencor y el triunfo que me prometía la revancha.
Cuando al fin recibí la llamada que esperaba, volví a ponerme la ropa de novicia laica y me entrevisté con el director de las misiones. Me fue negado el regreso a cualquier comunidad religiosa, pues al ser la esposa de un hombre jamás podría serlo de Cristo. Me ofreció ser maestra. Acepté ir a un lugar fronterizo a enseñar las primeras letras a los niños de una comunicad indígena.
Ya en la casa, tomé un maletín con dos mudas que preparé con anticipación. Salí dejando la puerta de par en par.  Llegué a casa de Padre y le pedí a la Cuñada que me dejara pasear al bebé en el parque. Ella contenta de verme, y para hacerme feliz, consintió. Dejé tirado el cochecito en la esquina, tomé un taxi, que me llevó al centro. Subí a la oficina del Tío/Marido y reclamé la atención de todos para anunciar que este bebé era fruto de su pasión incestuosa. Mi emoción turbó al bebé, quien daba alaridos, y controló mi cuerpo. Temblaba sin parar y perdí al voz. Para evitar dejar caer al bebé, lo dejé sobre su escritorio y regresé al taxi que me condujo a la terminal de autobuses. Una vez en el bus de victimaria me convertí en víctima: lloré hasta llegar a mi destino.

Continuará

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