lunes, 3 de marzo de 2014

Rendición 5

Para sorpresa de todos me casé. La boda fue sencilla y discreta. El luto permitió que Padre y mis hermanos encubrieran la vergüenza que sentían ante un amor que les fue desconocido y que hoy los abruma por su terquedad e intensidad. Trataron de detenerme y para ello me contaron su oscuro pasado: había vivido con una mujer que administra un Café y con la que tiene una hija. No me importó con la condición de nunca se metieran en nuestra vida. 
Nos obsesionamos el uno con la otra. Él pidió traslado para trabajar en la oficina y dejar de viajar. A veces pongo las ollas en la estufa y salgo corriendo hacia su despacho y, sin permitir que me vea, confirmo que está allí. Me imita. En ocasiones me dice que no puede acompañarme a casa de Padre y mientras camino hacia allá, veo, por el rabillo del ojo, que me sigue. Se esconde tras las esquinas cuando me detengo antes de cruzar la calle. 
A medida que mas nos amamos el temor a dejar de hacerlo convierte la desconfianza y los reclamos en una manera de asegurar nuestro amor. 
Tuve que desempolvar mis hábitos laicos. Volví a la ropa que usaba en vida de Madre, ya que para la celebración de un nuevo aniversario del Club, Padre nos invitó junto con mis hermanos, sus esposas y novias. Para la ocasión, con la complicidad de la Cuñada, encargué de la capital una hermosa tela y mandé hacer un vestido vaporoso, de flores, cuya trasparencia permitía ver mis bien formadas piernas. Yo le dije al Tío/Marido que lo alcanzaría allí porque tenía que hacer algo con el Hermano mayor y su mujer. No sospechó nada. Cuando nos acercamos a la mesa, mi sonrisa se borró con la expresión dura de su mirada. Tenía un vaso de trago en la mano, había bebido de mas. Se levantó y en tono burlón detuvo al mesero que pasaba cerca y lo llevó frente a mi, me levantó la falda dejando al desnudo mis bragas y lo invitó a poseerme. El Hermano Mayor le propinó un puño, mientras yo huía, seguida por la Cuñada.

Continuará

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