sábado, 22 de febrero de 2014

Rendición 4

El juego de manos se me volvió perverso. Encendía una pasión que se transformaba en el dolor de la insatisfacción. Volvía al flagelo y a la oración. Me enfrentaba a su visita, atribulada por las emociones encontradas. Anhelaba su presencia, su contacto y a la vez lo odiaba, sentía que dejaba en mi una huella que me perdía y que a pesar de restregar mi cuerpo con un estropajo hasta casi sacarme sangre se había quedado en mi.
Tío nació cuando la abuela estaba próxima a cumplir 50 años. Fue un hijo consentido y acomodado a la vida fácil, que lo hizo dilapidar en el juego la herencia paterna y estar obligado ahora a ser funcionario público, de una entidad que presta asistencia al campo. Sobre él hay secretos muy escondidos entre los hombres de la casa, que lo ven como un perdido calavera. 
Viaja con frecuencia y en los intervalos aprovecho para afianzarme a la razón y agobiarme de trabajo físico que espanta el insomnio, que a veces se apodera de mis noches y me entrega febril al nuevo día. Pierdo el apetito, bajo de peso y ante la mirada inquisitiva de la Cuñada la escucho recomendarme dejar el ayuno religioso. Se lo prometo y me atiborro de panes y colaciones.
Tío regresa y también se ve cansado. A la pregunta de Padre sobre su salud asegura que su mal no puede se calmado por galeno alguno, ya que es -y me mira fijamente-, un asunto del corazón. Siento un vacío que encoge mi estómago y corazón como si fueran uno y mientras palidezco tomo con firmeza el rosario que pende de mi cuello para ocultar el temblor de mis manos. El continúa su confesión haciendo una remembranza de la costumbre de las familias de alcurnia de casarse entre parientes para preservar, además del patrimonio y la apostura, el buen nombre.
Los oídos me zumban y cuando creo que voy a perder el sentido, sus palabras pidiendo mi mano me vuelven a la realidad. 

Continuará

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