viernes, 14 de febrero de 2014

Rendición 3

En la enseñanza religiosa la muerte está presente en la promesa de una mejor vida, de un reino de otro mundo. Para mi en esta primera experiencia con ella significó un alivio. No porque aún tuviera que atender las necesidades de una madre enferma, sino porque su presencia muda, doliente, siempre me ató y me obligó a renunciar a mi misma.
Después del sepelio hablé con la Superiora y obtuve una dispensa subrayando que mi inclinación a aceptar los hábitos seguía inquebrantable, pero me era imposible dar la espalda a mis obligaciones familiares. 
Volví a casa y pese a la sensación de luto la sentí otra, llena de luz y de aire limpio, como si fuera una promesa de bienvenida. Encontré las joyas tal como las dejé y le hice saber a la familia el deseo de Madre. Todos lo consintieron; ya lo sabían; Ella se los había revelado antes de entregármelas. Al escucharlos tuve que contener la risa loca que amenazaba con develar mi alegría y con el pretexto de poner mis cosas en orden, salí y cuando estuve segura de encontrarme sola, mi paso se hizo ligero, casi de baile. ¡Era libre!.
Fui al Banco y contraté una caja de seguridad, donde despisté las gemas a la espera de ese algo que no sabía qué. 
Mantuve el ropero de siempre: faldas largas, a la mitad de la pantorrilla, sacos anchos y blusas de cuello tortuga. Todas en colores gris, beige, negro y café. Ahora con los nuevos ojos del cambio que se había operado en mi, concluí que desde que recuerdo había vestido hábitos.
Me las arreglé para que la Cuñada nos convenciera, primero a mi y luego a Padre, de comprar nuevas prendas, eso si de luto. Eran trajes ajustados al cuerpo, que destacaban mi estrecha cintura y en su combinación de negro y blanco, el tono perla de mi piel y mis ojos almendrados. El resultado era tan impresionante que Yo misma empecé a quererme y a despertar en los hombres de la familia un orgullo protector que desanimaba a posibles pretendientes, especialmente de parte del Tío, quien era visitante asiduo, con el pretexto de acompañar a Padre, y aprovechar cualquier oportunidad para que nuestras manos se rozasen.

Continuará

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