jueves, 6 de febrero de 2014

Rendición 2

La Madre Superiora me ha llamado al despacho y de manera excepcional me entregó una carta abierta, es de Madre, que me pide ir de permiso a casa, pues ella necesita despedirse de mi. Regreso acompañada de una de las monjas mayores, que estará atenta a que me mantenga en el camino de Dios. 
Se me permite estar a solas con Madre y pese a que siempre la recuerdo postrada en la cama, puedo ver que está muy mal. Mientras la observo anhelo a la madre que nunca tuve, pues de Ella sólo recuerdo demandas de atención y quejas sobre un cuerpo que se rebeló a la vida, siempre dolido, cansado, aislado e inhabilitado para dar. Se sobresalta como si mi condena hubiese sido expresada en voz alta. Arrepentida me acerco y la llamo. Me reconoce y en un murmullo agónico me hace sacar un pequeño cofre y me entrega sus alhajas, las que recibió de su madre y ésta de la suya y así de generación en generación han permanecido en la familia. En medio de mi sorpresa, pues había olvidado la pequeña fortuna que representaban y siempre creí que la mantenerme al margen del mundo de los hombres tendría como destino la Cuñada, las acepto y oculto entre los faldones del hábito. Ese gesto inesperado me hace amarla por primera vez y mi mirada se vuelve vidriosa, pero me abstengo de llorar. Ella vuelve perder el sentido.
Conmocionada abandoné la habitación y todos creyeron que mi perturbación obedecía a su inminente deceso, mientras que mi afán era el de estar a solas para pensar lo que ese tesoro representaba en mi vida y en los anhelos que se encendieron con el brillo de las joyas. Las escondí y corrí al escuchar el lamento desgarrador de Padre.

Continuará

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