miércoles, 17 de abril de 2013

En familia


Preparo una pequeña maleta con lo imprescindible sin decir nada, mientras escucho llorar a mi Marido, que trata de modular palabras para decirme que es inocente. Yo lo se. Él jamás haría algo que pusiera en riesgo nuestro hogar, adora a sus dos hijos y está tan enamorado de mi como cuando me pidió en matrimonio.
Evito hablar porque se que si lo hago estallaré en sollozos, no sólo porque ya extraño su presencia sino que la injusticia de la que somos objeto me hace sentir vulnerable.
Hemos seguido las órdenes de Padre, después de esa reunión en la que nos enteramos que mi Hermana lo había denunciado por violación y que estábamos sobre el tiempo para que llegaran a detenerlo. Nadie escuchó sus esfuerzos por poner en claro su inocencia, ni mis intentos de recordarles que Él siempre ha sido el hijo que nunca tuvieron cuando mi Hermano mayor se fue a los Estados Unidos a buscar fortuna y que ha sido la mano derecha en el taller que sustenta los recursos de la familia, que lo ha dado todo por nosotros. 
Nos dimos por vencidos y como dos perros apaleados hemos vuelto a casa. 
Termino de empacar y me siento a su lado, lo tomo de la mano y me abraza. Ambos sollozamos y nos apartamos cuando llegan los dos hijos de la escuela, que totalmente pálidos nos miran con espanto. Él los llama a sus brazos y los cuatro lloramos sin parar.
Nos interrumpe el sonido impaciente de la bocina del carro de Padre. 
Se tiene que ir y con fuerza le quito a los hijos que se aferran a Él y que gritan: Papá, qué está pasando, para dónde vas?.
-Tranquilos, ahora les digo. Despídanse. Le aseguro con firmeza. 
Obedecen y lo vemos salir encorvado, derrotado.
Continuará
*Son historias que nacen de hechos reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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