viernes, 22 de marzo de 2013

La salida 14


Aguantamos uno a uno los fuetazos sin delatarnos, mientras que con voz entrecortada Mamá nos puso al corriente: a media mañana, cuando salían para el mercado se encontraron con una pareja de músicos que eran vecinos y profesores del Colegio y por ellos supieron que ese año no se celebró el aniversario. 
Al final ya agotada y de acuerdo con su sentencia por la angustia sufrida y la búsqueda infructuosa, estaríamos condenadas a estar encerradas, ni siquiera saldríamos a estudiar hasta tanto confesáramos lo qué habíamos hecho ese día.
Nos encerramos en el cuarto y mi hermana fue directa al computador donde envió un llamado de ayuda a una de nuestras compañeras del Colegio e inmediatamente nos dormimos, cansadas por la tensión del día y los golpes recibidos.
Al día siguiente previo interrogatorio sobre el mismo tema, Mamá nos decomisó el computador y le echó llave a la puerta de la entrada, dándole una copia de la misma a la Empleada domestica, con la orden tajante de mantenerla así. Fue perfecto, la decisión tomada había cambiado por completo nuestro interés en los estudios y necesitábamos sacar antes de una semana lo que podríamos llevarnos, ya que ese era el plazo que nos dio la Curia para entregarnos la partida de matrimonio. 
La Compañera llegó puntual y mientras mi Hermana la ponía en antecedentes, yo entretuve a la Empleada.
Cada día nos levantaba el constante requerimiento de la confesión del delito, los reclamos culposos por la infelicidad de Mamá, ya que el Padrastro dejó de ir a la casa  y el encierro sin tregua, y sin embargo la sensación de libertad nos mantenía en una cuenta regresiva, que nos hizo inmunes a los castigos. 
También fue rutina que a la hora en que pasaban un programa de chismes sobre famosos y que contaba con nuestra querida Empleada como oyente fiel, nuestra Compañera recibía de mi Hermana. a través de la reja de una de las ventanas que daban a la calle, unas cuantas prendas que momento después entregaba al par de nuestros consortes que la esperaban en una cafetería cercana. Mi papel era vigilar la Empleada y para hacerlo fácil me sentaba en una butaca de la cocina a escuchar con ella la radio.
Lo poco que pudimos sacar fue nuestro exiguo ajuar y una vez que confirmamos que ya estaba listo el documento que teníamos pendiente fijamos para el día siguiente la fecha de nuestra fuga.
En la noche redactamos a mano una carta de despedida para Mamá, le aseguramos que nuestra partida la liberaba de la carga que éramos para ella, que era su momento de alcanzar la felicidad en su matrimonio y le revelábamos el nuestro. 
Nos mantuvimos despiertas, era nuestra última noche allí y la ausencia de sueño fue nuestra manera de decirle adiós a lo que dejábamos y a las paredes que fueron testigos de los incontables instantes en que nos sentimos acorraladas.
Cuando Mamá abrió la puerta y volvió a preguntarnos sobre lo mismo, fingimos que despertábamos, mantuvimos nuestro silencio y cada segundo en el que Ella se demoraba en salir nos pareció una eternidad, máxime cuando tuvo que devolverse un par de veces por las gafas de sol y por último por su libreta de citas. Al oírla marchar y escuchar la consabida recomendación a la Empleada de mantener la puerta con llave, nos alistamos a prisa, pues ahora se trataba de salir lo más rápido posible. 
Le confesamos a la Empleada nuestro secreto, le dimos la carta que se negó a recibir y que finalmente dejamos sobre la mesa de recibo, y a través de la ventana le presentamos a nuestros maridos para convencerla de que nos dejara salir.
Mientras las lágrimas escurrían por sus mejillas nos abrazó y sin reprocharnos nada abrió la puerta.
Continuará  

No hay comentarios: