lunes, 11 de marzo de 2013

La salida 13


Nos comprometidos a volver al día siguiente. En el viaje de regreso reímos a carcajadas al recordar lo mal hablado que era el sacerdote, su desfachatez y nuestras propias mentiras. 
El universitario quedó encargado de buscar los padrinos entre sus compañeros, ya que nosotras no teníamos ningún mayor de edad a quien acudir, el contrayente de mi Hermana era de otra ciudad y tampoco consideramos prudente buscar mas gente dentro de nuestros conocidos de la Iglesia.
Para poder salir el Domingo acudimos al pretexto de asistir a la fiesta de celebración de un nuevo aniversario del Colegio, que siempre se llevaba a cabo con un almuerzo campestre.
Salimos muy temprano. Las mujeres viajamos en el carro, incluyendo a la Mejor Amiga, ya que la verdadera novia verdadera del Primo era desconocida para el sacerdote que prometió a casarnos, y los hombres lo hicieron en autobús. 
Cuando llegamos al pueblo nos sorprendió encontrarnos con una cabalgata en la que el Padre parecía punto de caerse del caballo de lo borracho que estaba. Las mujeres con los padrinos nos agrupamos en una esquina de la plaza en tanto que los ´novios´fueron a conversar con Él. De lejos los veíamos ir perdiendo el ánimo hasta que regresaron cabizbajos, mientras el prelado se bajaba con dificultad del animal y ayudado por un parroquiano entraba a la Curia.
- Va a dormir una siesta, por sólo una hora y luego nos dijo que lo despertáramos. Nos informaron.
Para pasar el tiempo dimos una vuelta por sus calles y en una panadería comimos algo, sin perder de vista el reloj. Al cumplirse el plazo nos fuimos a despertar al cura. Los doce nos amontonamos frente a la ventana, que afortunadamente estaba abierta, y nos turnamos para llamarlo. Roncaba de tal manera que apagaba nuestras voces y uno de los muchachos tomó una vara de un volador que estaba tirada en el asfalto y con gran dificultad logró pasarla por entre las rejas de la ventana y tocar su cuerpo. Se puso furioso, se paró cerró la ventana y nos mandó al diablo. Quedamos consternados, pero el ama de llaves que había salido a la puerta por el alboroto nos dijo que esperáramos a que durmiera un rato mas y se le pasara la rabia.
Nos dieron casi las seis de la tarde cuando por fin se abrió la puerta de la Casa Cural y nos invitaron a entrar. El Padre nos dijo que iba a casarnos allí y que el ama de llaves haría las veces de la secretaria para asentar en el libro la ceremonia. Le entregamos nuestras partidas de bautismo y las cédulas de ciudadanía de sólo una par de nuestros acompañantes que sirvió de madrina y padrino a las tres parejas. A los demás les ofreció una mesa de billar y se pusieron a jugar. De tal manera que en vez de la marcha nupcial escuchábamos el rebote de las bolas, mientras el Sacerdote, aún bajo los efectos del alcohol, se mecía de adelante hacia atrás y nos hacía jurar fidelidad, lealtad y amor hasta que la muerte nos separara. Nos pusimos argollas hechas en concha de coco y que se consiguen en los puestos callejeros y tan pronto recibimos la bendición que nos declaraba marido y mujer, nosotras salimos apresuradas, mientras que los hombres y la Mejor Amiga aceptaron la oferta sacerdotal de un trago.
Nos quedamos a dos cuadras de la casa y al llegar nos encontramos en la puerta a Mamá y al Padrastro esperándonos. Éste al vernos refunfuñó y se alejó calle abajo.
Mamá temblando de rabia y correa en mano comenzó a darnos golpes.
- Van a decirme dónde estaban, así tenga que sacarles carne viva.
Continuará

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