viernes, 15 de febrero de 2013

La salida 10

Cuando salí de la iglesia desconocía que esa sería la última vez que iría allí. Llegué a la casa y por la actitud de mi Hermana comprendí que algo había cambiado. En el momento en que pudimos estar a solas me contó las novedades: El Primo, ex-novio, había abandonado los estudios y se había convertido en pastor de una religión cristiana, diferente a la católica y estaba de visita en nuestra ciudad. Mamá y las tías estaban escandalizadas, mientras que a todos los primos la curiosidad nos volvió a encontrar. Fuimos en grupo, y con el aval de los mayores, al culto que oficiaba como ayudante el Primo y me sorprendió verlo. Era como si otra persona ocupara su lugar, ya que el desenfado y la burla que tanto me molestaron de Él se transformaron en sincera simpatía y afectuosidad. Para la mayoría de nuestros primos los cantos y el ambiente coloquial del rito fue ofensivo, mientras que para nosotras significó una llamada a la nueva fe. 
Nos volvimos asiduas. Los testimonios y las relaciones de hermandad nos mantenían en el credo cada Sábado. Otra vez estuvimos felices hasta que el Padrastro consideró que era demasiado peligroso que dos adolescentes fueran tan crédulas. Nosotras nos manteníamos calladas, temerosas de que cualquier palabra pusiera punto final a nuestras salidas. 
Estaba a nuestro favor que Mamá se sentía indecisa sobre el tema y cada vez que nos exponía sus reservas nosotras poníamos de ejemplo al Primo, y ella se reía señalándonos: Ese se volvió loco. No es de fiar, pero tampoco de desconfiar. De todas maneras recuerden que ustedes aún no se mandan, ya veremos cómo se presentan las cosas.
Pese a que nos sentíamos a gusto en la Iglesia y éramos un poco mas abiertas, manteníamos un competo hermetismo respecto a nuestra verdadera situación en casa.
En ese momento se planeaba un encuentro de juventudes en un país vecino y nosotras guardábamos la increíble esperanza de poder asistir. La esposa del Pastor, que nos había tomado aprecio, insistía en que confirmáramos nuestra asistencia, para no perder los cupos que nos había reservado. Nosotras prometíamos darle respuesta pronto y cada oportunidad en las que tomábamos el impulso para hablar de ello, el miedo a perderlo todo, a que nos prohibieran volver, nos hacía echarnos atrás. 
El permiso, en nuestro caso por ser menores de edad era un requisito obligatorio, y especialmente un paso imposible de obviar, ya que además necesitábamos que nos dieran dinero para el viaje. Por eso llegó el momento en que era imposible postergar hablar con Mamá del tema.
Continuará

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