jueves, 17 de enero de 2013

La salida 6

Todos nos quedamos con nuestra propia verdad y para evitar discusiones cada lado, adultos y jóvenes, fingimos darle la razón al otro. Después del entierro, mis abuelos vendieron la casa y se mudaron mas cerca de nosotras. Esto nos permitió que la familia volviera a ser asidua visitante nuestra y luego de un juego en el que Primo del extranjero nos guió con engaños hasta hacernos tiznar la cara de hollín, terminé escuchando y aceptando su declaración de amor a puertas de su regreso a los estudios y lo que me significó tener un noviazgo por correspondencia.
El novio de mi hermana decidió enfrentar a Mamá y una tarde sin previo aviso se presentó ante ella y le pidió autorización para oficializar la relación. Un no rotundo fue lo que obtuvo por respuesta con el argumento de la diferencia sustancial de edad entre los dos y pese a que él dejó claro que desconocería la negativa, los obstáculos los superaron a los dos, especialmente cuando por razones de una oferta de trabajo se cambió a otra ciudad. 
Mi experiencia amorosa fue fugaz. Se truncó cuando con decepción recibí un correo en el que mi Primo, novio a distancia, me informaba que en sus vacaciones haría un viaje de aventura por exóticos lugares y ante lo cual reconocí su desinterés por mi. Ni le respondí a ese mensaje ni a los subsiguientes, los que borraba sin leer, hasta que dejé de recibirlos.
Mi Hermana y yo regresamos a la rutina de la casa al colegio y viceversa, con excepción del escaso tiempo que pasábamos visitando a los abuelos, quienes empezaron a sufrir achaques y molestias que los mantenían en chequeos médicos.
Nuestra mutua pena amorosa nos unió mas y comenzamos a trasnochar con los acordes de las baladas que prometían un amor ideal o que nos hacían llorar por el desamor que sentíamos tanto en nuestras pequeñas y fugaces relaciones como en nuestra cotidianidad, la cual persistía por los caminos del no, de la ausencia de libertad y elección. Las decisiones sobre nosotras mismas seguían siendo de nuestro Padrastro, a través de Mamá, pues cada vez que protestábamos o nos salíamos con la nuestra veíamos ir y venir las maletas con su ropa. En una de esas ausencias pudimos asistir de traje largo a una fiesta de quince en la que nadie nos invitó a bailar, como si fuéramos invisibles, y que en mi caso me quitó todas las ganas de volver a ir a ese tipo de reuniones, a las que mas tarde fui obligada, de chaperona de mi Hermana y en las que me ocultaba detrás de algún libro.
Con el regreso y reconciliación entre Mamá y su marido nuestra capacidad de salir se redujo cada vez mas. Restringimos nuestros anhelos y entramos en una etapa de ensoñación romántica: Nos enamoramos de los cantantes de moda o de muchachos que mirábamos de lejos. Despertamos cuando a los abuelos les dieron un diagnóstico terminal.
Continuará

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