martes, 8 de enero de 2013

La salida 5

Aprendimos a mentir sin recato. De pronto los trabajos escolares en grupo se hicieron obligatorios, así como la participación en actividades extra curriculares como el equipo de baloncesto y el grupo de teatro. Mientras aparentemente estábamos en prácticas o ensayos mi hermana se veía con su novio y yo me sentaba en los bancos de los parques a leer los folletines que mis abuelos me entregaban para cambiarlos y a los que visitaba siempre de prisa, exagerando la carga académica para evitar mentirles.
Así estuvimos durante seis meses. Nos descubrieron una tarde en la que una desgracia familiar llevó a Mamá a ir por nosotras al ensayo y se enteró que nunca hicimos teatro ni baloncesto. Al no encontrarnos puso a todo el mundo sobre aviso y comenzaron a buscarnos esperando lo peor, por eso cuando llegamos muy tranquilas a la casa nos enfrentamos a su ira: recibimos sin llorar ni dar explicaciones unos correazos, como ya era su costumbre cuando infligíamos sus reglas, y luego a su dolor. Con voz entrecortada y quejándose de las contrariedades que le causábamos, nos puso al tanto de los hechos: Una de las primas con las que vivimos se había ahorcado en el cuarto de baño de la empleada del servicio el domingo anterior y fue descubierta en la mañana del Lunes cuando la mujer fue a bañarse. 
La envergadura de la noticia nos paralizó y suplicamos que nos permitieran ir a casa de los abuelos. Mamá nos obligó a cambiarnos de ropa y a esperar hasta que llegara el Padrastro, que había salido a buscarnos, para ir todas a la funeraria. Allí abracé a los abuelos, que se habían hecho mas viejos, rezamos un rosario guiado por una de las beatas que son asiduas a los velorios y al finalizar pudimos escabullirnos para encontrarnos con los demás primos que en la puerta de la entrada comentaban sin tapujos lo acontecido. 
Así me enteré que la Prima había cambiado en lo últimos meses. Se volvió huraña y dejó de ir al Colegio, pese a que estaba en el último año de secundaria. Se vestía con ropa andrajosa y se bañaba sólo si se la obligaba. Permanecía en la habitación y se negaba a sentarse a la mesa con la familia. Prefería comer en la cocina, sentada en un taburete al lado de la empleada, sin modular palabra y tragando sin masticar para volver a encerrarse. La situación se había vuelto insoportable y por ello la iban a llevar a un sicólogo con el que habían hecho cita para este Lunes. Ella, al parecer, esperó que todos durmieran profundamente y se metió al cuarto de la empleada que los domingos dormía fuera de casa. Improvisó una soga con jirones de sábanas y se colgó de la tubería de la ducha, que en las casonas antiguas es mas alta. ¿Por qué?  Había dejado una carta, cuyo contenido creían mantener en secreto los adultos, pero que era ya de dominio de los jóvenes: aseguraba haber sido abusada por el marido de una de las tías y ser incapaz de seguir viviendo, pues el peso del cuerpo del hombre la ahogaba en los sueños y su olor trascendía la suciedad que acumulaba para combatirlo.
Mis sollozos me sobresaltaron, surgieron profundamente de mi interior al sentirme culpable por haber estado ausente, y me vi envuelta en los brazos de uno de los primos mayores, aquel que estudiaba en el extranjero.   
Continuará

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