martes, 11 de diciembre de 2012

La salida 3

Pese a mi reticencia a aceptar la cita, comencé a ver al Seminarista por las esquinas cerca de la Academia y cada vez que lo veía acercarse, jalaba a mi hermana y salíamos corriendo. En otras ocasiones él se hacia el desentendido, pues como se iba haciendo frecuente el Profesor se nos unía a la caminata de regreso a la casa, pues estábamos unas cuantas calles de distancia.
Contemplar la posibilidad del cortejo evidente del Seminarista, quien a primer ver parecía tímido o de la silenciosa presencia constante del Profesor, que por el contrario se proyectaba decidido en los demás aspectos, era impensable, pues a lo largo de la convivencia con el Padrastro me había dejado muy mal concepto de su género, no por lo que él dijera de los peligros que debe enfrentar una mujer decente, sino por su forma de relacionarse con Mamá, distante, demandante de servicio y desobligada, que lo hacía repetir incansablemente en su presencia: !Yo soy el único pendejo que se casa con una viuda y dos hijas!.
Cada vez que lo escuchaba me hacía a mi misma la promesa de una vida célibe y sin matrimonio.
Este también fue el año en que mi cuerpo experimentó grandes cambios. Mis senos crecieron y de acuerdo con la moda y la moral, necesité usar sostén. La primera vez que me lo puse sentí que me ahogaba y tuve que ir al baño para quitármelo, así sucesivamente lo hice hasta que me acostumbré. Con la menstruación, desde su llegada experimento un fuerte dolor que me hace vomitar, sudar frío y permanecer en casa durante el primer día y en los siguientes me hacía sentirme aún mas incómoda en mis funciones como modelo vitalicia de la educación física.
Las mutaciones corporales redundaron en un mayor control y los permisos para salir, incluso a ver a los Abuelos y primos, significaban ruegos, negativa, mas insistencias hasta lograr por cansancio el si.
Odiaba que el Seminarista fuera persistente y empecé a eludir a la Alumna mensajera, ya que ella repetía que yo no tenía nada que perder al hablar con él. Mantuve mi negativa y Él su confluencia tímidamente desprevenida por los corredores y escaleras del edificio. Me enfurecía estar pasando por esa situación y la estancia en la Academia se hizo aún mas pesada. 
Mi interés por la asignaturas era nulo. Tengo borrada la memoria de las clases y sus contenidos. Solo recuerdo verme ahí, sentada en un pupitre gris a la luz plata de una lámpara pegada al techo que aumentaba mi sensación lúgubre de estar allí y mis grades deseos de nunca volver.
Tanto mi hermana como yo. sin que mediada un acuerdo previo entre las dos, optamos por plasmar el desinterés académico en las notas y de manera inconsciente logramos el milagro de perder el año.
Continuará

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