martes, 4 de diciembre de 2012

La salida 2

Somos mi hermana y yo. Nos llevamos diez meses de diferencia de edad y yo soy la mayor, aunque la gente cree que somos mellizas porque siempre vamos vestidas igual. De las dos soy la mas ingenua para lo que se cocina en secreto como lo fue la noticia del casamiento de Mamá. 
La verdad es que aún dudo sobre si conocí antes de ese evento al Padrastro, porque las dos nos dedicamos de manera mas bien novelesca, pues las acciones eran sacadas de los folletines radiales o impresos de las que soy adicta, a echar sal en vez de azúcar en el jugo de los pretendientes maternos que desfilaron por la casa o a salpicarlos de agua desde las ventanas. Eran cosas que hacíamos como un juego sin disfrute, mas bien para alardear ante los primos, y entre ellas nunca lo tuvimos como víctima.
Nos trasladamos a una vivienda que mi Mamá construyó con una hipoteca y al principio sentíamos la casa demasiado grande y solitaria, pero con el paso de los años y los cambios a los que fuimos sometidas terminó siendo estrecha.
Como mi Mamá desde que quedó viuda trabajaba en un programa rural del gobierno que la obligaba a pasar de Lunes a Viernes fuera de la casa, terminamos viviendo con un extraño y a su merced los cambios fueron inminentes. Pasamos de una dieta balanceada a comer todas las noches frijoles con arepa, arroz y chicharrón, que era la comida típica de lugar de origen del Padrastro. De una socialización familiar cotidiana a encuentros esporádicos porque Él aseguraba que los abuelos y tías lo miraban con desdén y a escuchar de sobremesa las maldades de la especie humana en una exaltación obsesiva a la desconfianza. Esta situación era ineludible, ya que sólo podíamos sentarnos a la mesa únicamente cuando El lo hacía y después se nos exigía un silencio sacro que nos fue dejando el temor al ruido mas insignificante, mientras hacía la siesta .
Pronto fuimos sujetas a una tiranía indirecta, ya que si bien nunca nos hizo reclamos o nos levantó la mano, sabía perfectamente que cuerdas tocar para que Mamá nos controlara, castigara y prohibiera esto o aquello.
En ese momento estábamos terminando el último grado de la educación primaria en un colegio de hombres y mujeres, que sólo tenía ese nivel de enseñanza. Nosotras queríamos estudiar la secundaria en un plantel público que tenía muy buena fama por su excelencia, pero como ya estábamos en la pubertad y éste también era mixto, nuestros deseos fueron desatendidos y terminamos siendo obligadas a matricularnos en una academia técnica para señoritas, que en el futuro nos permitiría graduarnos como secretarias.
De un espacio escolar con jardines y aulas con grandes ventanas, entramos a un salón de clases ciego, iluminado con luz artificial, en lo que era el garaje de una casa de tres pisos y por cuyo frente cada mañana pasaba la directora aún despeinada y somnolienta, con la vasenilla llena de orines y nos decía: buenos días niñas, a lo que debíamos responder: buenos días señorita directora.
Con excepción del profesor de educación física y el sobrino de la Directora, que era seminarista y vivía allí con la tía, el resto éramos mujeres y señoritas.
Dos asignaturas se me volvieron insoportables. La mecanografía pues el método de enseñanza se basaba en la identificación de los errores y la educación física, que debíamos realizar en la terraza sobre el ingrato cemento y de la que fungía como modelo de instrucción, papel que desempeñaba con torpeza, pero del que fue imposible liberarme, ya que el interés que tenía el profesor por mi era independiente de mi flexibilidad y destreza física.
El Seminarista comenzó a mandarme recados con una alumna de un curso superior, para ponerme una cita. 
Me vi asediada por los dos únicos hombres de la academia y entré en absoluto pánico.
Continuará


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