martes, 6 de noviembre de 2012

Sin culpa 8

Recibí y entregué la liquidación para cancelar mi deuda. Logré que mi proveedora aceptara la mayor parte de mi vestuario, casi nuevo, en consignación para que lo vendiera y el dinero resultante le fuera dado a mi Madre. Descubrí en Ella un orgullo que oculta su sentimiento de permanente deshonra por haber creído alguna vez en un hombre, que la embarazó y abandonó. Ese peso lo comparto con ella, soy una hija bastarda escondida tras un ropaje vistoso como una baladronada. 
Sus reproches me persiguen a donde voy. Para ella es inadmisible que con todas las oportunidades que creo para mi, yo haya caído en la ignominia, pisoteado mi futuro... La escucho sin rencor, se que ya es el momento de cortar el lazo que nos ata y sigilosamente armo mi maleta, dos pares de mudas de ropa interior, dos pantalones amplios y cómodos, camisetas y dos chaquetas, una ligera y otra mas abrigada. Ya perdí el interés en llamar la atención, quiero ahora confundirme entre la multitud. 
Le escribo una carta de despedida, se que si la enfrento a mi partida Ella tratará de evitarla y entraremos en un proceso de negociación para el que carezco de tiempo. Le digo ante todo que la amo, que agradezco todo lo que hace por mi, que me voy en busca de nuevas oportunidades y que ya instalada me podré en contacto. Dejo la carta sobre la mesa de la cocina y salgo en el primer momento en el que estoy sola.
Voy hasta la oficina de correos, reclamo el giro y tomo el autobus. En este viaje voy aferrada a mi decisión.
Al llegar, me encuentro con la Tía, quien me abraza sin preguntas y me ayuda a a subir a su auto. Hacemos un trayecto silencioso hasta una pequeña clínica, allí me atiende primero una sicóloga que me interroga sobre mi determinación, le doy solo un argumento, mi propia historia y luego me manda a la sala de espera. Aguardo confiada y cuando me llaman paso con un médico que me hace recostar en una camilla similar a las que se usan para los exámenes ginecológicos. Me induce a colocar mis pies en los estribos que hay a cada lado y a abrir las piernas. Sus indicaciones son escuetas y expresadas en tono neutro. Obedezco sin albergar sentimientos. Escucho el zumbido de un aparato que entra en mi útero y luego la palabras del galeno: ya está. Con timidez le preguntó sobre el sexo y él a regañadientes murmura que es muy pronto, pero que además ya no importa. No insisto, estoy segura de que era un niño. 
Continuará
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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