martes, 20 de noviembre de 2012

Sin culpa 10

¿Está decidido? Insistió la Tía y tragándome el nudo en la garganta logré modular de forma clara el Si.
Acordamos con una de las chicas de la casa hacer juntas el espectáculo y en la tarde decidí volver a hablar con mi Madre, seguía tranquila y me contó que recibió el dinero de mis trajes. Me alegré por ella y una sensación de proximidad me embargó. Sentí que todo está resuelto entre nosotras. Por primera vez pude decirle: te quiero. 
Volví a los trajes y perifollos. A pesar de que mis manos temblaban por el miedo que tenía enredado en el estómago, me maquillé con esmero para estar segura de contar con una máscara que ocultara mis verdaderas emociones. 
Llegó la hora. Fui la última en entrar en la habitación y aparenté desenvoltura cuando me aferré a la ventaja de que el Cliente estaba detrás de una cortina, que nos impedía verlo, pero que le posibilitaba estar al tanto de todos los detalles. Iba vestida de tules blancos que coronaban sus formas en mis pechos, eran ellos los protagonistas. Sentía el peso del silencio que me rodeaba, ensordecida por los latidos de mi corazón y aún nerviosa me acerqué a mi compañera. Me impuse creer que era Él en vez de Ella y mis manos se movían toscas, con rabia. Ella me miró con reproche y me guió. Cerré los ojos y fingí placeres inciertos hasta que otra vez nuestras miradas se cruzaron y me vi en ella, contemplé mi dolor del abandono, del desamor, me vi buscando aprobación y perdí el temor a mi propio juicio, recordé que estábamos juntas para cancelar mis deudas y se lo agradecí. Olvidé nuestros cuerpos y abrí mi alma a la suya. La acaricié con reverencia, en unión con el amor por mi misma y la certeza sobre mi. Una confianza infinita me dominó y al final terminamos abrazadas en la hermandad.
La Tía nos recibió regocijada y me pasó el cheque que le había dado el Cliente, cuya suma excedía lo pactado y sin poder evitarlo lo rompí. Las tres estallamos en carcajadas, todas sabíamos que bastaba una llamada para remplazarlo y mientras la Tía recogía los pedazos y los guardaba en un sobre, en una completa calma les di las gracias a las dos y les aseguré que podían disponer de mi parte. No la necesitaba, pues traer algo de ella conmigo sería una atadura con esa experiencia que ya no significaba nada para mi. Ninguna trató de disuadirme. Nos despedimos con un abrazo sincero.
Tomé mi mochila, que había preparado con anterioridad, y salí. Afuera veo todo radiante y camino ligera, alegre, al encuentro de la vida que se abre de par en par en la seguridad de que siempre puedo contar conmigo.
Final con un comienzo
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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