martes, 27 de noviembre de 2012

La salida

Me gusta caminar por las calles casi vacías y sentir la brisa fresca de la mañana. Voy a misa de 6 en la Catedral. Lo hago cada Domingo y me siento atrás, a espaldas de los pocos feligreses que concurren a esa hora. Me sumerjo en el remanso de la paz que me da el silencio, pese a la oratoria del sacerdote.
Este hábito me acompaña desde hace dos meses atrás cuando mis deseos de huir se han convertido en un pensamiento fijo, que hace aún mas difícil estar en la casa. 
La liturgia católica de los Domingos es la única escapada que se me permite. El resto del tiempo voy de la casa al colegio y viceversa. 
Las visitas están prohibidas, pero la verdad es que tampoco las extraño, ya que amigas, amigas nunca tuve, y los eventos sociales en los que he participado sólo hacen parte del ámbito familiar, los cuales han mermando a la sombra de la pesadez que los parientes sienten cuando están cerca de nosotras, al punto que han dejado también de ir a vernos.
Nuestra casa es silenciosa pero cargada de una tensión que me abruma y que tiene que ver con una cotidianidad forzada en una convivencia de quienes quisiéramos vivir en otro lugar.
Desde hace nueve años soy huérfana de padre, quien fue asesinado en un cruce de balas orquestadas por la codicia. Había salido a ver qué pasaba con las reses que tenía en la finca del Abuelo y que según el mayordomo se iban muriendo una por día. Las reses desaparecieron con su vida. Recuerdo conocer la noticia a través de una Tía, donde fuimos llevadas a dormir sin explicación alguna y tras su requerimiento para que vistiéramos un vestido blanco con una cinta de raso negro atada a la cintura. 
Una vez vestidas regresamos a la casa que estaba transformada por el funeral. Me preguntaron si quería ver a mi padre y dije que no, que era imposible ya que estaba muerto, pero de todas maneras fui conducida ante el féretro, levantada en brazos y obligada a quedarme con una imagen fija de su rostro pálido y un círculo de rojo púrpura en el centro de su garganta, por donde entró el proyectil mortal.
Nos trasladamos a vivir con los abuelos maternos en una vieja casona de muchas habitaciones que estaban ocupadas por familias, ya que además de ellos y nosotras, convivimos con una Tía y su marido y otros dos huérfanos, que perdieron a su madre. Asimismo de manera regular llegaban de la provincia mas tíos con sus hijos que se hospedaban ahí mientras realizaban algunas diligencias. 
Nuestro patio de juegos era la calle, porque a los adultos les era insufrible vernos saltar por los corredores, el golpe recurrente de las puertas y las peleas que se iban a las manos. Disfrutábamos correr, escondernos, sentarnos en la acera a conversar y fingir que dominábamos otro idioma cuando aprendimos a usar una jerigonza que hablábamos con tal fluidez que incluso nos servía para conversar frente a los grandes de temas que preferíamos ocultar o simplemente para hacerlos rabiar. 
Fueron tiempo felices que terminaron una noche en la que después de rezar, pues la religión ocupa un lugar prominente en nuestra familia, mi Mamá entró alborozada y le dijo al Abuelo:
Padre, por favor, necesito hablar contigo a solas.
Nosotras nos miramos con sorpresa y la Abuela le ordenó al mayor de los chicos que prendiera el televisor para ver las noticias y le hizo subir el volumen mas de lo habitual, de manera que nos fue imposible escuchar lo que hablaban en el zagúan y que al final terminamos conociendo cuando el Abuelo con su rostro turbado nos miró con compasión y anunció:
Se mudan, Ella acaba de cometer una locura.
Continuará
Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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