martes, 30 de octubre de 2012

Sin culpa 7

La incomodidad por el escándalo que expuso nuestra relación de amantes cobró vida en nuestros rostros. El de Él se tornó pálido, casi transparente  y el mío de un rojo que quemaba. Ambos nos quedamos paralizados sin atrever a mirarnos y esa actitud huidiza nos condenó a una separación definitiva que nunca tuvo un adiós. Nos hemos perdido mutuamente.
Las mujeres mayores trataron de calmar a la Esposa que se defendía de su dolor con palabras cada vez mas subidas de tono contra mi hasta que mi Jefe bajo las escaleras, se nos acercó y colocando su brazo sobre los hombres de Él se lo llevó consigo, al tiempo que me decía en voz baja que lo esperara en su despacho. Cuando marido y mujer salieron juntos, uno a uno de los convocados por la curiosidad fueron saliendo tras ellos. Nadie voltea a mirarme y esa indiferencia me nuestra un desprecio que cala sobre mis huesos, me estremezco y siento un fuerte dolor en el pecho. Esto me hiere mas que los insultos.  
Sola con mi pena y vergüenza, me obligué a moverme, con pesadez subí escalón tras escalón y lentamente llegué a la oficina de Jefe, que sin dirigirme la palabra me tendió un papel donde esta impresa mi carta de renuncia. La firmé automáticamente, la dejé sobre el escritorio y corrí sin detenerme hasta llegar a mi casa. Me encerré en el baño donde entre lágrimas y vómitos comprendí que además estaba en quiebra, pues de manera despreocupada había invertido mi escasa liquidez en el viaje y adquirido una buena deuda por el guardarropa de ese año, la cual podría saldar con la liquidación que me entregarían en un par de días, pero quedaría sin un peso.
Mi Madre aporreaba la puerta sin parar y me vi obligada a abrirle además de la puerta, mi corazón. La puse al tanto del romance y el despido. Fui incapaz de compartirle el secreto del embarazo, ya que su expresión era igual a la que había visto en el trabajo: me condenaba.
Al día siguiente le pedí perdón por el engaño y de rodillas le imploré que me permitiera hacer un autorización ante un notario para que ella reclamara el dinero, pues para mi era imposible volver a ese lugar. Al principio se resistió argumentando que para ella era vergonzoso ir y como mantuve sin descanso mis súplicas se apiadó de mi y aceptó. Salimos juntas y regresamos a la casa. Hice varios intentos de tomar el teléfono y hacer una llamada, pero cada vez que me disponía a hacerlo sentía sobre mi el peso de su mirada, vigilante, desconfiada, y desistía. Por eso cuando ella se fue para la empresa a legalizar el documento poder, yo, sin perder tiempo, revisé las maletas y volqué cajones hasta que encontré en un bolsillo de una de mis chaquetas el papel que había dado la Tía y sin dudarlo marqué el número que estaba apuntado. Ella era la única que podría ayudarme.

Continuará
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

No hay comentarios: