martes, 9 de octubre de 2012

Sin culpa 4

Mi Madre me acogió con angustia. Ante mis sollozos su dictamen fue una crisis nerviosa por exceso de trabajo. Gestionó ante la empresa las vacaciones que tenía acumuladas y me dejé llevar con ella a casa de una parienta lejana. Me sentía incapaz de enfrentar los corredores, las escaleras, la oficina, los baños... Estaba consciente de que así evitara verlo todo me lo recordaba. 
Mi rostro permanecía hinchado y los primeros días me negué a salir a la calle. Me levantaba de la cama a comer y regresaba para convertirme en un ovillo de nostalgia y pena. Lloré, lloré hasta que mi Madre me sacó a rastras a visitar familiares que desconocía. Así entre onces, almuerzos y comidas me calmé como si estuviera rota, una parte insensible de mi iba y venía de un lugar a otro.
El último fin de semana de nuestra estadía nos hicieron un festejo de despedida del que mi Madre y la parienta que nos hospedaba se retiraron temprano e impidieron que las acompañara. Permanecí un rato mas y aproveché que el Novio, de la prima de una prima que estaba de viaje, se retiraba para pedirle un aventón. Me llevó hasta la casa, pero por mucho que golpeáramos la puerta, marcáramos el teléfono y gritáramos, nadie atendió. En vista de ello me propuso que lo acompaña a visitar una tía que estaba de cumpleaños. Sin mas alternativa, acepté.
Llegamos a un casa campestre, la Tía le informó que la fiesta estaba en sus últimas, pero pese a ello entramos a un salón. Con esfuerzo en medio de la penumbra vi un pequeño grupo de hombres y mujeres, mas bien jóvenes. Nos sentamos y la conversación versó sobre sus estudios universitarios. Yo escuchaba sin interés, estaba allí para matar el tiempo mientras amanecía y lograba que mi Madre se despertara. Mi acompañante al ver mi actitud me dijo al oído que si quería conocer la casa. Lo seguí hasta un segundo piso totalmente a oscuras y de improviso Él me tiró encima de un sofá y se puso sobre mi. La sorpresa me colocó por un breve instante en total desventaja, pero mi rechazo al ataque se manifestó con mordiscos a la mano que tapaba mi boca para impedirme gritar, mientras la otra violaba la privacidad de mis bragas. Me sacudía sin parar para impedir su avance y logre pedir auxilio. Él se detuvo y la Tía llegó hasta nosotros, prendió una luz que descubrió mi desnudez de la cintura para abajo y lo reprendió fuertemente. Él me miro con rabia y con desprecio señaló mi abdomen para calificarme de gorda y foja. Abandonó la estancia, escuché sus pasos bajar de prisa las escaleras y el portazo cuando salió de la casa. 
La Tía me ayudó a componer mis ropas. Yo temblaba. Ella me miró y sin dudarlo me preguntó: Niña, ¿ya sabes que estás embarazada?
Continuará
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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