martes, 2 de octubre de 2012

Sin culpa 3

Cumplí mi promesa tácita. Lo enseñé a jugar, a divertirse, a romper convencionalismos y a darse la oportunidad de estar relajado. Creamos unas claves para acordar el lugar de nuestras citas. Colocaba avisos en la cartelera en la cafetería. Si existía una oficina disponible, la oferta era del arriendo de una habitación; en las escaleras de emergencia la convocatoria era a una escalada de aventura; en los baños de mujeres proponía un paseo a aguas termales... Conseguía cada vez una tarjeta nueva de celular que desechaba y la que servia para dejaran mensajes que nos divertía escuchar cuando teníamos tiempo o que yo parodiaba luego de hacer el amor.
Nuestro encuentros eran maravillosos. Era infinita nuestra capacidad de descubrir en el otro su piel, sentir al unísono el despertar de nuestros sentidos y albergar en nuestro corazón la confianza de estar unidos por encima de lo que nos separaba. 
Para evitar sospechas nos convertimos en verdaderos adictos al trabajo. Era imposible encontrarnos cada noche y por ello adquirimos la rutina de permanecer en nuestras propias oficinas adquiriendo mas y mas compromisos laborales, que en mi caso eran un importante escape para evitar ser consciente de mi gran necesidad de que todos conocieran que era amada.
Fui incubando en mi un sentimiento de desprecio por mi misma que estaba encubierto en la exaltación de una pasión desbordante en la que fueron conviviendo el amor y el odio. Lo amaba y al mismo tiempo detestaba esa moralidad falsa que lo mantenía en un compromiso matrimonial ajeno al amor. 
En respuesta a lo que ocurría en mi interior me envié a mi misma un ramo de flores que por su exuberancia despertó una algarabía de comentarios que fue comentado corredor tras corredor hasta llegar a su oídos y cumplir mi cometido de despertar sus celos para sentirme amada por Él. En otra oportunidad salí con un compañero de mis estudios secundarios, que me encontré por casualidad y con el que terminé en un hotel de paso fingiendo un orgasmo que nunca llegó y me amplió el vacío de mi afán por asir el amor como su fuera un tesoro que hiciera brillar mi valía. 
La ambivalencia de mis sentimientos halló eco en la de Él y cuando menos lo esperaba me dijo que lo nuestro requería un compás de espera, una tregua. Mientras Él hablaba de su lucha entre lo que era su deber y lo que yo le provocaba, de su sensación de pérdida de voluntad y su impresión sobre mi actitud demandante que lo ahogaba, la habilidad de controlar mis emociones, que había adquirido a lo largo de nuestra relación, me permitió escucharlo sin expresar nada, en tanto que cada palabra suya abría una herida en mi interior. Estaba perpleja, me sentí juzgada, rechazada y engañada. Yo que lo amaba pasando sobre mi misma, que me sujetaba al estoicismo para afrontar el riesgo a ser condenada, me sentí descrita como una sanguijuela.
Como pude planteé el adiós y rechacé la pausa. Lo vi partir después de desoír sus argumentos y mantener mi negativa a ver la ruptura como un intervalo. Destrozada dejé que el llanto rompiera el dique de mi voluntad y acepté mi dolor.   
Continuará

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