martes, 4 de septiembre de 2012

Tras el recuerdo olvidado 5

Nos hemos puesto de acuerdo. Nadie me obligará a salir de la casa y si es necesario van a echar para atrás el negocio. Hablan de cláusulas pecuniarias. Los dejo hacer, pese a que ya decidí que aquí no quiero vivir, necesito estar segura de que ahora si van a decirme la verdad. Ese es el pacto que suscribimos al decidir contuinar amándonos. Existe un secreto que comparto con los dos hijos varones y que es lo que he olvidado. También lo conoce el Siquiatra y por su consejo he de tratar de recordarlo por mi misma, Él va a ayudarme a lograrlo. 
De la mano de mi hija subo las escaleras hacia el segundo piso. Los hombres nos siguen. Al llegar a la puerta cerrada, el Mayor le entrega la llave al Siquiatra. Me sobresalto y subo las manos al pecho. Siento que voy a enfrentarme a la desgracia.
¿Estas bien? Si, contesto con un murmullo y vuelvo a tomar de la mano de la Hija. Juntas entramos después del Siquiatra, quien cierra la puerta. Los otros dos hombres han quedado afuera, luego de un gesto de asentimiento. 
Estoy preparada para enfrentar al marido, pero en la habitación sólo estamos los tres. Observo que predomina el vacío, la cama y el armario está desbaratados, recogidos y organizados en un rincón. Hay tres sillas que están dispuestas, una frente a otra y la última detrás de una de las dos. El Siquiatra me indica que me siente frente a él. La Hija se sienta atrás. Me explica que el procedimiento a seguir, él me ayudará a recordar sin usar la hipnosis -a la que me negué por miedo a que me metieran cosas en la cabeza-, asiento. Él saca un atomizador de su bolsillo, lo acciona y me llega un aroma a rosas, comienza a contarme de su abuela y cómo le enseñó a tratar los rosales, se explaye, conoce el tema. Lo interrumpo  y comienzo a hablar.
Decidí ignorar el gesto de satisfacción perversa que vi en su rostro y me entretuve en el jardín, quité las hojas viejas, introduje mis dedos en la tierra húmeda y volví nuevamente a aspirar la fragancia de las rosas. Había luna llena y el color plata le daba a la atmósfera un ambiente irreal. No se cuánto tiempo estuve allí, fue el frío el que me hizo regresar a la casa. Lo hice sin causar ruido y me quedé parada en el primer peldaño de la escalera, atisbé  sin escuchar sonido alguno. Me preparé un sabroso chocolate, con pan y queso, que consumí debajo de las cobijas y dormí profundamente. Me despertó el sonido del teléfono. Era el hijo Mayor para avisar que estaba en camino. Me sentí generosa y decidí hacer desayuno para los tres. Se que Él la debe estar pasando muy mal, pues sigue acostado. Prendo la radio y canto la melodía que escucho. Lo hago en tono bajo. Estoy decidida a tener la fiesta en paz. Desde la ventana observo que el carro del hijo Mayor enfila la calle. No necesito abrirle, pues todos tienen llave de la casa. Me secó las manos y subo como una jovencita las escaleras de dos en dos. Me detengo para regular mi respiración, evito mostrar mi alegría. Veo que tiene la puerta entreabierta y pese a ello decido tocar, primero suavemente y luego mas fuerte. No responde. Escucho la llave que gira la cerradura de la puerta de la entrada y decido entrar sin violencia. Èl está ahí, colgado de la percha del armario, sin vida, rígido. De mi interior sale un rugido: ¡maldito, mil veces maldito!
Continuará

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