martes, 18 de septiembre de 2012

Sin culpa

¿Está decidido?

Si, modulo con un nudo en la garganta. La Tia toma el teléfono y mientras marca me repito a mi misma, SI. Es la opción que he sopesado una y otra vez y que encuentro como única. Al igual que las decisiones que he tomado a lo largo de los últimos meses, donde todo se ha ido cerrado, como un cerco a mi alrededor.
Fui esquiva con el amor pese a que me gusta coquetear -eso lo heredé de mi madre, quién aún sabe cómo pestañear para hacer galante a cualquier hombre o mujer que la rodean-. Me divertía escoger el atuendo diario y muchas veces la risa previa hacía que quienes me esperaban para salir necesitaran dosis infinitas de paciencia que eran recompensados con el impacto que les generaban mi presencia, ataviada de una excentricidad adecuada. Era un juego que disfrutaba sin compromiso.
Todo cambió cuando en el trabajo lo conocí. Conservador, responsable y demasiado atractivo con un gran defecto: estaba casado.
Bromeaba con Él como lo hacía con todos. Creo que el hecho de que al principio no me tomara en serio generó en mi el deseo imparable de seducirlo y lo logré en una mágica combinación de indiferencia, gracia y una sutil demostración de estar disponible. 
Comenzamos lentamente con discretos roces y luego en una entrega total a la demencia de un amor que despojó mis pensamientos sobre mi misma para aceptar lo inaceptable: postergar mis necesidades, mis anhelos y ajustarlos a los tiempos libres de Él.
Me aseguraba a mi misma que esta relación como tantas otras tendría algún día fin y ponderaba la gran bondad de hacer innecesarias las excusas cuando quería tener un espacio sólo para mi. Si embargo sus ausencias me llevaron a sufrir una vida solitaria. Odié los domingos, los días de fiesta que sólo han de pasarse en familia y me llené de la frustración de ser tachada como inadecuada, inconveniente.
Yo vivía en casa de mi madre y Él era lo suficientemente conocido como para que le aterrara encontrarnos en un sitio público, de manera que nuestra pasión se desahogaba en los resquicios de algún lugar de la empresa, en la que cada uno por su lado permanecía tantas horas como nos fuera posible. al ardid de enormes tareas ficticias que esperaban para concluirse que otros adictos al trabajo se rindieran a su cansancio y abandonaran las oficinas. 
Era difícil controlarnos y por eso fingíamos detestarnos mutuamente, pero el tinglado se derrumbó una noche en que absortos en nuestra libido fuimos descubiertos por La Esposa. 
Continuará
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

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