martes, 21 de agosto de 2012

Tras el recuerdo olvidado 3

Es imposible que algún día me sienta orgullosa de lo que he hecho en estos dos últimos años. Es como si otra mujer hubiese ocupado mi lugar. Nunca, nunca imaginé que la vida fuera a cambiar de la noche a la mañana y yo con ella.
Fui sentenciada por un tribunal sin fuero judicional pero si familiar a compartir la casa con el padre de mis hijos y aún mi marido, pues inocente de mí jamás legalicé la separación, así de confiada estaba en que había desaparecido para siempre de nuestras vidas.
Como de acuerdo con la ley, Él era dueño de la mitad de la casa, que yo había comprado y pagado en su totalidad, se decidió que ocupara el segundo piso, mientras que la primera planta eran mis dominios, pero al estar allí ubicada la cocina tenía derecho a usarla para preparar sus alimentos. Los hijos le compraron sus propios cacharros y enseres para decorarle su espacio. Los muebles que tenía ahí están amontonados en el garaje. 
El acuerdo fue pactado frente a los hijos, que servían de mediadores, pues desde el primer momento que lo volví a ver me negué rotundamente a dirigirle la palabra y hacía como si no existiese, mientras la sangre me hervía por las venas.
Hasta ese entonces conservaba la costumbre de acostarme y levantarme tarde. Me gustaba trasnochar viendo películas y novelas que pasaban por la televisión y que eran el tema del costurero semanal que realizábamos en mi casa, con antiguas clientas que aprendían conmigo el arte de confeccionar sus prendas. Pero rápidamente me vi forzada a cambiar. A las 5 de la mañana me despertaban sus jaleos en la cocina, el silbido de la cafetera, el ajetreo con las ollas. Imposible conciliar el sueño, ya que además llevaba consigo un radio transistor cuyo sonsonete me daba las malas noticias del día.
Así fue el comienzo a una guerra de pequeñas batallas. Me desquitaba en las noches con el televisor. Si yo colocaba boleros, él ponía canciones de despecho y cada uno subía el volumen hasta su grado mas alto, pero la competencia de audios terminó cuando los vecinos amenazaron con acudir a la policía. Escondía las ollas con sobras hasta que la pestilencia me permitía descubrirlas. A mi vez cerraba el registro del agua para que no pudiera bañarse e incluso cocinar. Él en un gesto de buena voluntad quemó las rosas del jardín al aplicarles por equivocación un veneno que creyó abono. Yo, también ¨solícita¨, hice lo mismo con su mejor traje cuando lo planchaba para una reunión en casa de los suegros del hijo Mayor. 
Me vi obligada a cancelar los costureros, pues él vestido con una pijama sucia y olorosa a sudor bajaba con el pretexto de prepararse un café. Yo, con las mejillas arreboladas, lo justificaba diciendo que había perdido la cordura. Él por su parte comenzó desprestigiarme con los vecinos y cada vez que me acercaba a la carnicería o al puesto de verduras escuchaba sermones sobre los castigos que recibirán los duros de corazón. Dejé de hacer las compras en el barrio y acudí a los supermercados.
Cada uno se quejaba con los hijos hasta que la situación se hizo insostenible y ellos plantearon como solución salomónica: la venta de la casa. Él se opuso desde el primer momento, Yo acepté pues ese lugar había dejado de ser mi hogar. 
Pese a la resistencia del padre, el negocio se hizo y la noche anterior a la firma de la promesa de compraventa, salí al jardín que había recuperado las rosas y aliviada eché una ojeada alrededor. Lo vi detrás de una de las ventanas del segundo piso. Trató de ocultarse, pero alcancé a reconocer su sonrisa perversa. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Jamás se dará por vencido.
Continuará

2 comentarios:

kiki dijo...

Buscando la palabra justa que me provoca los sentimientos de la protagonista y no la hallo aún.

kiki dijo...

La palabra sería impotencia.