martes, 14 de agosto de 2012

Tras el recuerdo olvidado 2

Hice un gran esfuerzo para no reírme de tanta estupidez. Ahí estábamos las tres tomadas de la mano y sentadas frente a una mesa redonda. Pese a que afuera el sol estaba radiante, en la habitación la luz llegaba de dos grandes velones ubicados en dos esquinas enfrentadas. La Pitonisa vestía de rojo y negro. La Hija también iba de negro y Yo había escogido un sastre de color blanco para que cualquiera que fueran las energías convocadas pasaran de largo. La oía contarme los pormenores de mi separación.
Claro que mi matrimonio fue una equivocación. Su existencia duró el mismo tiempo que mis otros dos partos, los cuales tuve con dos años de diferencia entre una y otro. Es decir que en cinco años los parí a los tres y me quedó muy poco tiempo para cuidar al cuarto, el Marido.
Había dejado el trabajo, con lo que me dieron de pensión di la cuota incial para la casa al que nos mudamos y esa fue la primera de muchas pelas por opiniones encontradas. Él estaba empeñado en que montáramos un negocio, un almacén de telas y que viviérmaos en la trastienda del lugar. ¡Jamás de los jamases viviría como una arrimada en donde fuera!. Había sido bien criada y el hogar lo significaba todo para mi y como el dinero era mío él tuvo que apañarse con esa determinación. Cuando nació el tercer hijo sus quejas se volvieron de todos los días, que su salario tan sólo lo veía pasar y diluirse en las cuotas para el pago de la hipoteca, en el mercado, la leche para los niños... Decidió cambiar de trabajo y se convirtió en un vendedor ambulante de productos farmacéuticos en una zona distante de la nuestra. Comenzó a ausentarse cada vez más hasta que un día no volvió. Quedé con los tres hijos y una rabia que aún me embarga. 
Salí adelante con el oficio de costurera que aprendí de una vecina, quien se compadeció de mis circunstancias y me lo enseñó. Fueron momento duros, precarios, cosía hasta muy entrada la noche y me levantaba temprano a cumplir mis deberes de madre. Así pude estar al cuidado de los hijos, continuar pagando los plazos de la deuda de la casa y darles a cada uno los estudios que quisieron. Los tres son hoy profesionales. El Mayor está casado y tiene dos hijas. Los otros dos están solteros, viven aparte y están comprometidos. Nuestra vida no podía ser mejor.
Un apretón en la mano derecha, la que sujetaba la Hija me sacó del ensimismamiento y abrí los ojos. Ella lloraba silenciosamente y la Pitonisa me miraba de reojo. La escuché. Con voz de ultratumba afirmaba: Te perdono por todo lo que hiciste sufrir y ahora necesito que ...
¡Sufrir!, ¡Vaya patraña, la que vive el infierno soy Yo!. Harta de este tinglado busco a mi alrededor: en algún lugar debe estar escondido. Me levanto de la silla, descorro las cortinas, no lo encuentro y abro la puerta, escapo.
Ya en casa me enfrento a la censura de los tres. En algún momento de esta pesadilla dejé de ser la madre y me convertí en su hija. Sólo escucho reproches, que están preocupados por mi, que lo que hago no es normal, que me comporto como una chiquilla ... 
Estoy cansada de dar vueltas y vueltas para desenmarañar esta mentira. Por mas que he revisado todas las gavetas de los armarios, escritorios y mesas de la casa, no encuentro el acta de defunción. Tal vez la tengan escondida en su habitación que permanece con llave y a la que es impensable forzar pues permanezco acompañada por cualquiera de los tres. Sólo ese papel podrá convencerme de su muerte.
Yo me había olvidado de su existencia hasta que 30 años después la Hija llegó un día muy emocionada para decirme que el padre había regresado a nuestras vidas. Sin recuperarme del horror que me causó la noticia, lo veo detrás de ella, encorvado, todavía mas pequeño de lo que lo recordaba y con el mismo sigilo que asume el gato cuando está a punto de atrapar al ratón.
Continuará

1 comentario:

kiki dijo...

Chantaje emocional