martes, 7 de agosto de 2012

Tras el recuerdo olvidado

He visto miradas cómplices y gestos a hurtadillas entre los tres. Me mienten, lo se. Los conozco muy bien, desde que nacieron, porque soy su madre.
Ahí están sentados alrededor de la mesa. El Mayor en la cabecera, la Hija en el medio y el Menor junto a la silla que me corresponde. La otra cabecera está vacía. Les sirvo el desayuno y cada vez que entro de la cocina, todos se meten algo a la boca como si temieran que les pregunte otra vez por el padre. Callo y me siento. 
Ellos dicen que él está muerto, pero ninguno está de luto. ¡Mamá!, el negro ya no se usa en los duelos, es la respuesta de la Hija.
Pero no me dejo engañar. Estoy segura que algo trama y los convenció a los tres en contra mía. Él ha sido mi verdugo desde los últimos dos años cuando a mala hora regresó. 
Yo también caí en sus redes. La idea de casarme era algo que nunca pasó por mi cabeza, pues al nacer en un hogar donde sólo la voz masculina era oída,  tenía claro que prefería vestir santos que mantenerme callada. 
Estudié secretariado, la única formación disponible para las mujeres de mi época y entré a trabajar en una fábrica de telas. Era feliz, me gustaba reír y bromear con los vendedores, observar desde la ventana las tramas que formaban los hilados y en los descansos escuchar a las mujeres hablar de sus vidas. Cada vez que se quejaban de la dureza de sus hombres, yo, en mi interior, alababa mi soltería.
- Mamá, que si vas a ir? Inquiere el Mayor.
¿Ir, a dónde? Pregunto. Otra vez descubro algo oculto en los tres.
Conmigo, contesta la Hija. A casa de la amiga que le comenté, Mamá. Ella puede ayudarnos.
Ahhh, a la pitonisa, recuerdo. Eso de las brujerías es algo que nunca me ha gustado y me sorprende que la Hija, pese a ser la gerente de una oficina de banco, contadora graduada e inteligente, le gusten esas cosas y todavía es aún mas sospechoso que los muchachos, el Mayor, administrador de empresas y director de un centro de salud, y el Menor, recién graduado en sistemas informáticos, estén de acuerdo. 
Para evitar una respuesta recojo los platos. La Hija me sigue y yo decido encararla.
- Mija, por favor, usted sí dígame la verdad, ¿qué es lo que quiere su papá esta vez?
- Mamá, él esta muerto. ¡Créame! Lo enterramos hace tres días y todos fuimos al funeral, incluida usted, mamá.
No voy a sacar nada de ella. Decido ir a donde quiere, así veré que sale de todo eso. La veo sonreír apenas le comunico mi decisión y sale aliviada a encontrarse con sus hermanos.
Friego los platos. És tan hábil que sin duda pudo fingirse muerto. Recuerdo que cuando lo conocí, su cuerpo menudo y ademanes grandilocuentes, despertaron mi instinto materno. Siempre, disculpándose lograba convencerme. Así terminé ayudándole a comprar ropa, mercado, enseñándole a cocinar y embarazada del primer hijo.
Nos casamos con bombos y platillos. Él estaba hinchado como un pavo, había logrado pescarme y yo me había tragado el anzuelo como si fuera un bocado exquisito.  
Continuará
*Son historias que nacen de hechs reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

1 comentario:

kiki dijo...

Leyendo sus relatos me doy cuenta que últimamente echo en falta una palabra en la vida: "complicidad" en su mejor sentido.