martes, 31 de julio de 2012

El matrimonio de la viuda 7

Volvimos a amarnos, ahora con la complicidad y confianza de la decisión de vivir juntos, pero mi impulso inicial de gritar a los cuatro vientos el cambio de la situación fue frenado por el Médico, quien me pidió discreción ya que necesitaba primero resolver sus asuntos. Me dejé llevar. 
Volví a casa colmada por el secreto y seguí con lo de la boda, entregando cada vez más las decisiones al novio a la espera de la señal convenida. Entre tanto me distraía observando al Asesor como si lo viera por primera vez. Me di cuenta  que mientras mi voluntad fuera suya todo marcharía sobre ruedas. A manera de prueba me resistí a usar el rojo en el traje de novia y Él primero se puso pálido, sus ojos se encendieron en una rabia que escondió sin lograrlo y finalmente recobró su postura de seducción para ponderar la importancia del color: Nunca se ha visto que una novia vaya de rojo al altar, ¡Será un sensación! ¡Tendremos muchos clientes!. Ahhh, comprendí, que hacía parte de su juego de ajedrez hacia la toma de poder y que mi papel cobraba importancia a la luz de mi reconocimiento público, ganado mas que por los documentales de registros sobre acciones gubernamentales, por mi relación con el Médico. Con alivio reafirmé mi decisión y recordé que era el momento de arreglar los asuntos de la empresa.
Le propuse a mis ex-empleados, competidores y socios que me compraran la empresa. Se aprovecharon de la ocasión y me pagaron una bicoca, pues además debían guardar silencio sobre el negocio. Lo acepté con júbilo, me liberaba de algo que nunca fue mío y que mantuve por mi propia resistencia a empezar algo nuevo, pese a que las máquinas se trababan y se negaban a trabajar con demasiada frecuencia. El dinero lo escondí en la maleta mas vieja de las que llevaré a la luna de miel. 
El tiempo voló y rehuí a las decisiones sobre los arreglos florales, el ponqué, el lugar a para la fiesta...y creo que eso le hizo pensar a mi futura suegra que se había equivocado conmigo, pues por mi falta de interés el Asesor terminó recurriendo a ella para toda la organización. Mi mente estaba en la logística de la huida, ya que pese a seguir sin noticias del Médico en ningún momento alimenté duda alguna. 
Fui cuidadosa respecto a adquirir nuevos trabajos o deudas y por eso celebré cuando el Asesor me dijo que en primera instancia nos iríamos a vivir a los altos de la casa de su padres, donde tenían un apartamento que rentaban y estaba desocupado para los dos. Allí dejamos los regalos de boda y algunos enseres que siempre me estorbaron porque fueron comprados desconociendo mis gustos y que tenía guardados desde la muerte de mi Marido.
Días mas tarde me llamó el Político que me puso en contacto con el Asesor y con la excusa de ir a hablar de negocios me reuní con él. Me puso la tanto de las novedades del Médico. La secretaria era la única hermana de una familia de seis hijos, que lo andaban buscando para llevarlo a rastras al altar y por eso había tenido que salir de la ciudad y me mandaba a decir que yo siguiera con lo mío, como si nada, y que Él vendría por mi.
Hoy es el día de la boda. Me doy la última mirada al espejo, salgo con mi padre rumbo a la Iglesia. Mantengo mi atención al menor sonido que contradiga los murmullos de aprobación de los invitados, la llegada al altar, las palabras consabidas de la ceremonia matrimonial y apenas el cura comenzienza a decir, si alguno de los presentes conoce un impedimento... me doy vuelta por completo y miro la puerta con la seguridad de encontrarlo allí, con la mano levantada para intervenir y me enfrento con el vacío. Estupefacta echo a correr: iría tras él, lo buscaría en los confines de la tierra, viviríamos juntos. Mientras lo pienso las lágrimas me desbordan y paso por encima del último escalón. Aterrizo en el duro asfalto, el vestido se desgarra por uno de sus lados y hace visible mi ropa interior, blanca, blanquísima y me echo a reír, al quitarme el negro había dado mi primer grito de libertad. Entre el llanto y la risa recuerdo todos los episodios narrados como si los volviera a vivir. Lloro el duelo por la muerte del marido. Me rió de mi tozudez por construir certezas fuera de mi misma. Lloro por la vulnerabilidad que me hizo objeto de una violación en estado inconsciente. Río ante mis picardías urdidas en últimas sólo para encubrirme ante mi misma. Lloro al comprender que el Médico se dejó querer sin compromiso y que yo, ajena a mi misma, creí en un amor inexistente, tanto como mi amor propio. Río por los momentos que dejé de vivir a la espera de sueños construidos en pompas de jabón. Lloro por la distancia entre mi hija y yo, creada por mi impaciencia por escanciar a un solo trago la vida. Río ante mi creencia de ser vieja. Me sacudo en mi juventud, llorando y riendo vuelvo sobre mis pasos, entro a la iglesia donde parece que el tiempo se ha detenido pues todos, desde el novio, el cura, hasta los asistentes conservan su última postura. Miro sus rostros, no me dicen nada, apenas si los conozco, son invitados del novio y simbolizan lo mismo que el color rojo de mi vestido. Llego al lado del Asesor, me siento generosa y me arrodillo ante Él para devolverle la dignidad que le permitirá afrontar sin dolor el escarnio público. Me toma con fuerza de las manos y me levanta. Por primera vez me mira sin pretender nada de mi y me deja ir. Nos hemos perdonado. Voy junto a mis padres, también me despido. Mi madre, mi padre, lloran silenciosamente, me duele su senectud y dudo por una fracción de segundo, pero veo que además asienten con orgullo. Si, ellos viven, han vivido sin afán a envejecer; la prisa fue mía, quise hacerlos testigos de toda mi experiencia. Tomo a mi pequeña, la envuelvo en el amor que siento por mi, la abrazo fuertemente y la cargo en mis brazos. Salgo sin mirar atrás. Por primera vez tomo las riendas de mi vida. Con el dinero guardado volveré empezar, tal vez regrese a estudiar, pero antes encontraré lo que realmente deseo hacer. 
Final con un comienzo.

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