martes, 17 de julio de 2012

El matrimonio de la viuda 5

Las cosas a veces resultan diferentes a lo que se imaginan. Los fines de semana que esperaba pasarlos con el Médico dejaron de estar disponibles para los dos, pues con frecuencia se cruzaban con grabaciones y entrevistas que no daban espera y cuyo cumplimiento era perentorio de acuerdo con los contratos y las pólizas de aseguramiento que había tenido que suscribir. Cuando eso ocurría Él se iba para sus fincas y muchas veces de puro aburrimiento y al final de las jornadas de trabajo terminaba oyendo las cuitas, sueños y ambiciones del Asesor. Lo acompañaba a sitios nocturnos, donde mis tragos al primer descuido de mi acompañante iban a parar al suelo; después de mi experiencia en el pasado seguía firme a mi promesa de estar en sano juicio y tampoco me daba la gana ser objeto de las consabidas insistencias que hacen los bebedores a quienes hemos dejado de serlo. Fingir me evitaba discutir. 
Quien no paraba de reclamar era el Médico: qué ya dejara de meterme en tantos trabajos, que podía mantenerme a mi y a mi hija, que me dejara querer... Fue entonces cuando opté por sacar las cartas una a una. Primero le confesé a mi familia que la relación había superado la cogidita de manos y los besos de bienvenida y despedida. Mis viejos padres callaron y aceptaron. Organicé encuentros y pronto lo involucré en cumpleaños, lo hice organizar paseos a las fincas y lo presenté a los compadres de los compadres de cada pariente cercano. Me sentía en la gloria, sólo faltaba un pequeño paso para alcanzar mi objetivo y eso me sacaba del estado festivo que me producía ese ¨noviazgo¨ y me hacía meterme otra vez de cabeza en la productora.
Cada vez que el Médico protestaba por mis ausencias, suspiraba y con resignación le inquiría que me ayudara a buscar una solución; Él refunfuñaba mas bajo. Como buen solterón, era un hueso duro de roer, pero yo también sabía ser terca y ya había hincado el diente en mi empeño de hacerme indispensable en su vida. 
Muchas veces dejaba de verlo sólo con el objetivo de hacerle falta. De tensar la cuerda a mi favor. Así seguimos con ese tire y afloje hasta que me propuso que nos fuéramos a vivir juntos y, de manera calculada, le dije que eso sería un golpe certero para mis padres, es decir, imposible de hacer a menos que hubiera un cura de por medio. Canceló el tema, pero yo mantuve el ánimo.Tenía plena confianza en que a través de él mi vida cambiaría hacia un estado de prosperidad permanente y que independientemente de su actitud ambos sabíamos que estar juntos era nuestro destino. Me hice la desentendida.
Volví a enfrascarme en el trabajo y suscribí nuevos contratos. Invertí en otra cámara y contraté a un profesional de tiempo completo, pues todo auguraba fortuna. También reanudé las tertulias nocturnas con el Asesor y los charcos etílicos. Lo seguía escuchando a medias, pues en mi cabeza urdía y recomponía mi plan y a la vez estaba pendiente de cualquier descuido para vaciar la copa. Estaba allí cuando mi verdadero anhelo era cobijarme en los brazos del médico y para no regalarme a su abrazo necesitaba estar fuera de su alcance. Me aferraba a la silla, me ensordecía aparentando atención y esperaba que el reloj marcara la hora del cansancio que me quitaría todas las fuerzas para hacer lo que el corazón demandaba.  
Mientras tanto el Médico guardaba prudente distancia. Dejamos de vernos con la misma asiduidad y comenzó a permanecer mas tiempo en las fincas. Optó por renunciar al Centro Médico donde lo conocí y abrió su propio consultorio en uno de los locales ubicados en la planta baja del edifico donde tiene un par de apartamentos, incluido el que habita. 
Los cambios me asustaron y terminé siempre tomando la iniciativa para vernos. Acudía a su encuentro fingiendo una postura deportiva. Agarrada a la mira de conquistarlo, de hacerlo entrar en mi razón, lo visitaba sorpresivamente, ataviada especialmente para atrapar su atención y cumplida la misión, simulaba una ausencia de expectativas y regresaba a lo mismo: grabaciones, pagos, negocios y confidencias con el Asesor hasta que me cansé de jugar, enfrenté mi ansiedad y puse la última carta sobre la mesa: estábamos estancados, la situación debía resolverse y para mi el único camino posible era el altar. ¡Nos casábamos o nos dejábamos!, era mi última palabra.
Continuará
*Son historias originadas en hechos reales, que se suman con otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.

1 comentario:

kiki dijo...

¿Qué buscará persistiendo en la idea del matrimonio?
¿Seguridad económica? ¿Respaldo social? ¿Estabilidad emocional? o ¿Siente algún afecto?