martes, 10 de julio de 2012

El matrimonio de la viuda 4

Me mudé el primer piso de una vivienda vecina a la de mis padres, ya que pese a mis arranques de independencia era imposible alejar a la niña de su abuela y además me convenía tenerlos cerca, ya que así podían cuidarla cuando acompañaba al médico en sus correrías terratenientes. Cuando estaba con Él vivía la opulencia y en casa la escasez, el único alimento disponible era el agua. Satisfacía mis necesidades de nutrición básicamente en la cocina de mi madre.  
Como el Médico pagaba secretamente el arriendo se nos volvió costumbre que entrara sigilosamente a la medianoche y saliera a la madrugada para evitar un encuentro con los vecinos, ya que pese a que nuestra relación era conocida por ellos, aún manteníamos las apariencias respecto a la ausencia de vida sexual. Esta situación me desvelaba diariamente, de tal manera que cuando mi mamá venía por la niña, yo me volvía a acostar y dormía profundamente hasta el medio día, me arreglaba, almorzaba con ellas y salía. Daba un vuelta por la empresa, donde hasta las moscas se espantaban del aburrimiento. Escaseaban los encargos y pese a que mis gastos empresariales, que seguían siendo mínimos, también eran cubiertos por el Médico, lo convencí, con el argumento, en parte cierto, de que yo necesitaba justificar mis ingresos, para que me recomendara con sus amigos políticos. 
Lo hizo a regañadientes. Me puso en contacto con un pupilo del Alcalde, quien hacía sus pinitos como Asesor de un político. Era un joven de los barrios populares que se destacaba por su labia. Me contrataron para que lo acompañara en sus visitas a las escuelas rurales y de esa manera producir micro programas sobre los resultados de las inversiones públicas para mejorar el estado físico de las mismas. Desde el comienzo tuve que darle una comisión por ese trabajo y por lo que siguieron después, pues si bien no me hacía falta nada, tampoco nadaba en la abundancia porque el médico siempre me daba solo lo justo y aún habitaba la pobreza que creí erradicar con mi amantazgo. Acepté entonces la oferta del Asesor para ampliar el campo de acción de la productora con nuevos contratos para otras entidades del gobierno municipal; su papel era de intermediario en la cadena del pago por favores que hacían mis ganancias pequeñas, pero que por fin me dieron para renovar el equipo y cambiar de carro y hasta hacer alianza comercial con mis competidores, los desleales empleados, ya que empecé a quedar corta con los pedidos y como ni el tiempo, ni el interés, ni los ingresos reales me daban para aumentar la infraestructura ni el personal, esa era mi mejor opción, al fin y al cabo ya los conocía. Sólo necesitaba estar alerta para que se mantuvieran en la raya.
Como por primera vez estaba ocupada de verdad las visitas nocturnas del Médico se volvieron inconvenientes y acordamos dejarlas para el fin de semana. Requería descansar, tiempo para decantar mi propio sentir, me me percibía montada en un carrusel sin fin, desconociendo la manera de bajar de él. 
Con mi hija la relación era de ratos intensos, surgidos por la pérdida de paciencia de mi madre, quien la reprendía con sus quejas sobre el agobio de su vejez y ello me recordaba mi instinto materno: la acogía en mi seno, la llevaba conmigo por doquier, volvía hacer mercado, a cocinar y a dormir con ella, pero luego volvían los olvidos, dejaba la maternidad de lado y la regresaba a la casa de la abuela, donde incluso dormía. Me sumergía en mis planes, en el amor por el médico con su riqueza compartida sólo cuando estábamos juntos y en la firma de mas contratos con la esperanza de hacer dinero. En el fondo de todo mantenía el propósito de consolidar mi relación amorosa, porque ya la idea del matrimonio empezaba a rondar por mi cabeza.
Continuará

1 comentario:

kiki dijo...

Sigue siendo muy joven la viuda

¿La bautizará?