martes, 3 de julio de 2012

El matrimonio de la viuda 3

Eso de que las desgracias nunca llegan solas me atrapó. Cuando encaré la situación precaria de la empresa y me disponía a pedirle ayuda a mi padre encontré a mi hija ardiendo en fiebre y a mi madre rendida, sin saber qué hacer. Sentí que mi corazón daba un salto y se detenía. Sin dudarlo la envolví en las cobijas y la subí al carro que se negó a prender, pues también se estaba cayendo a pedazos. Abrí el capó, traté de hurgar en el motor que veía por primera vez, recibí un corrientazo. Mi padre me sacó de ahí con dulzura,  mientras mi madre tomaba a la pequeña. Nos subimos a un taxi que nos llevó al Centro Médico mas cercano y al hombre que me haría olvidar mis buenos propósitos. 
Ya tranquila ante un diagnóstico alentador y mientras él escribía la receta, me fijé en sus manos, demasiado grandes para su corta estatura, pero fuertes y seguras. Comenzó un coqueteo mutuo que se detuvo cuando observé el rostro alarmado de mi madre. Pese a todo el drama no se le escapaba una. 
Él hizo un par de visitas médicas y actuaba con mucha condescendencia con ella, pero mi madre lo tenía atravesado en la garganta y cada vez que podría me señalaba una de sus características como un defecto, especialmente la de su edad. También era mucho mayor que yo. La tranquilizaba diciéndole que mis tratos con él eran de negocios, pues ya habíamos empezado con el asunto del documental. Me miraba con suspicacia. Yo extremaba mi cautela y opté por hacer los viajes con la niña, advirtiéndole que esa era una aventura secreta entre las dos y que no podía decir nada, ni siquiera a mi madre.
Llevaba a cuestas un equipo, que era operado por mi, lo que implicaba que la empresa sólo contara con el otro, el que atendía solicitudes de poca envergadura, pues la competencia de mis ex-empleados se me adelantaba con las propuestas y ofrecía tarifas tan bajas que eran imposibles para mi, pese a que ya había cancelado al gerente (lo que ocasionó la ruptura total con el frágil lazo que alguna vez me unió a la familia del marido muerto) y contaba con dos jóvenes que hacían prácticas universitarias y a los que les pagaba medio salario, gracias al adelanto que recibí por el documental que terminé a trancas y mochas, pues desde el momento en que sin previo aviso fui tumbada sobre el piso frío de una de las habitaciones de alguna de las haciendas y el Médico entró dentro de mi, esa fue la prioridad. 
Todas mi apuestas estaban en él. De finca en finca puede calcular que su patrimonio era considerable y aprendí a admirar las patas, tetas y cachos del ganado, escuché sobre presupuestos públicos, contratos y mordidas y descubrí que al Médico le gustaba figurar sin perder su bajo perfil frente a la riqueza.
Disfrutaba de una vida idílica que dejó de ser secreta porque abundaba una invitación aquí, otra allá y como el documental estaba finiquitado y archivado en un cajón en el consultorio del médico, se acabaron las excusas y me vi forzada a irme de la casa.  
Continuará

1 comentario:

kiki dijo...

A veces nos deslumbramos tanto por el color del oro que desechamos, o no vemos, cosas de más valor que tenemos al alcance de la mano.

La viuda vive deprisa, pero aún no entreveo con claridad sus sentimientos, sus íntimos porqués.

A la espera