martes, 26 de junio de 2012

El matrimonio de la viuda 2

Fueron precisamente los gritos de la niña los que hicieron que los vecinos golpearan la puerta y al no obtener respuesta terminarán derribándola para encontrar a la bebé paralizada de terror en el alto de la escalera que conducía a la terraza. Cuando fueron por ella encontraron el cadáver. 
Mi padre fue el encargado de darme la noticia, luego de un ataque de histeria me desmayé y cuando recuperé la conciencia me mantuve ida, como una testigo, desprovista de toda emoción. Ese estado catatónio era mi manera de expresar la furia que sentía por su estupidez, por haberse muerto y dejarme sola, por arruinar mi vida...
También en esa ocasión me dejé llevar. Mis padres empacaron todo lo de la casa y entregaron las llaves a los propietarios. Sin percatarme volví a ser hija de familia. 
Para ese entonces sólo tenía 21 años y una cría de apenas nueve meses. Me puse al frente del negocio y recuperé mis visitas a las discotecas, fiestas, con el pretexto de filmar un aniversario, los quince... Me abstuve de todo compromiso sentimental y en mas de una ocasión terminé durmiendo la borrachera en la oficina o en una silla de la sala del anfitrión de turno. Para esas noches el trabajo siempre fue el pretexto. 
Para cubrirme en mis escapadas contraté como gerente a un cuñado, el hermano menor de mi marido que se ganaba la vida cantando en los bares donde se juntaban los músicos de las serenatas y que había sido desterrado de su casa porque sólo podía amar a los de su mismo sexo. Con él llegaron técnicos y asistentes bastante jóvenes que eran removidos con frecuencia, sin que yo supiera si el motivo era por su incompetencia con las máquinas o frente a las expectativas afectivas del gerente.
Me desentendí de todo. La niña tenía demasiadas rabietas para que supiera cómo aceptarla y definitivamente le entregué a mi madre el asunto de la crianza. Salía temprano y llegaba tarde. Los tragos adormecían mi conciencia materna y perdí la prudencia para entregarme a encuentros de sexo ocasional, que se volvieron recurrentes hasta que una mañana desperté mientras era poseída por un hombre con el que jamás me hubiera ido a la cama. Era el que acompañaba a aquel otro, al que si había deseado y con quienes salí bastante achispada. Estábamos solos. Como pude, sin aspavientos ni reclamos, me lo quité de encima. Ambos callamos la violación. Él paralizado por la vergüenza me dejó ir. Mientras me alejaba trataba de entender cómo había llegado a esa situación. Lo último que recordaba era que al entrar a ese apartamento había ido al baño a vomitar. Era tal mi estupor que apenas si podía sentirme avergonzada, culpable si, por darle rienda suelta a mis deseos sexuales sólo cuando me pasaba de tragos. Tenía lagunas en mi memoria y decidí dejarlas así, en medio de la conmoción que sentía me prometí que eso jamás volvería a ocurrir. Paré un taxi, que mi padre pagó al llegar a casa, pues al salir corriendo olvidé la cartera, las bragas y hasta un cheque de pago por un servicio de video. Afortunadamente mis papeles de identificación habían quedado en el carro que dejé tirado en el lugar de la fiesta y que recogí una vez bañada y limpia. Recuperé el dinero con una denuncia falsa de robo, lo demás lo di por perdido, lo archiové en lo profundo de mi ser y me dispuse a ser responsable. Dejé de beber y por lo tanto, las fiestas y discotecas. Me concentré en el trabajo. 
El negocio empezó a decaer. Los empleados que superaron los despidos y se volvieron de confianza, me montaron la competencia con mis propios equipos y materiales. De eso me di cuenta tarde, cuando las cámaras fallaron, ellos renunciaron y abrieron su propio negocio en el mismo ramo y mis cuentas del banco terminaron en rojo. Fue en ese momento que conocí al Médico.
Continuará

1 comentario:

kiki dijo...

No se si es generalizado que no se entiende una fiesta sin alcohol. Yo que no suelo beber me gusta cuando alguien se achispa y empieza a soltarsele graciosamente la lengua y te hace confidencias, pero la pérdida del control de los actos es tema más serio.

Pendiente