martes, 19 de junio de 2012

El matrimonio de la viuda

Todo lo tenía previsto. Estaba segura de la efectividad de mi estrategia y sin embargo el temblor de mis manos delataba mi impaciencia. Faltaba una hora para la boda y aún miraba con desdén el vestido de novia, que desplegado sobre la cama resaltaba por su tono carmesí. El color es un capricho concedido al novio, ya que por mi condición de viuda es imposible ir de blanco. 
Volví a mirarme al espejo, mi ropa íntima era negra, otra fantasía del susodicho. He sido complaciente a mas no poder. A todo he dicho SI.
Esta historia comenzó hace tres años cuando lo conocí y me enloquecí por él. La responsable fue mi hijita, de cinco años que en ese momento, a los dos, tuvo una fiebre tan alta que me asusté y salí corriendo al Centro de Salud, donde él estaba de turno. De ahí en adelante y primero con la disculpa de hacerle seguimiento a la recuperación de la niña y después con la contratación de mi pequeña productora de videos, fundamentalmente de fiestas familiares, para que le hiciera un documental sobre una de sus fincas, porque además de galeano es terrateniente, terminamos siendo asiduos y por último amantes.
Fui muy cuidadosa para ocultar mi relación de mis padres. Hija única de una pareja que esperó la madurez para engendrar, eran ya viejos y muy desgastados por mi vida amorosa, ya que con mi primer marido me casé a los quince años a escondidas, pues era rechazado por mi familia porque me llevaba mas de 20 años y tenía un pasado escabroso. Abundaban en su haber episodios de juergas y drogas. A  mi sólo me tocaron las fiestas. 
Nos casamos un día cualquiera. Al salir de clases me recogió y terminamos en el atrio de una iglesia despedidos por una bendición y con argollas en el dedo anular derecho. Me dejé llevar. Estaba harta del colegio y de inventar mentira tras mentira para aliviar el pánico de mis progenitores ante los peligros de esos tiempos. Necesitaba imperiosamente vivir. 
Nuestro matrimonio fue bastante movido, pues con el paso del tiempo las noches de farra fueron suplantadas por la búsqueda del centavo y terminé aburriéndome de la obligación. Peleábamos mas que amarnos y la pasión era encendida por los desacuerdos. Nuestras voces y hasta nuestras manos impulsadas por la furia asustaban a los vecinos y nos exigía apaciguarnos. Cada vez se volvió mas frecuente correr a la casa materna de donde salía por el reclamo del  marido y los consejos de prudencia y sumisión materno paternos. Así íbamos y veníamos hasta que resulté embarazada y comenzamos a producir los videos. Nació la niña, pasé a estar casada con un señor muy responsable y el negocio prosperó, pero en una tarde de tormenta y del final de un campeonato de fútbol quedé viuda. Mi marido subió a la terraza para ajustar la antena del televisor y el peso del tubo metálico que la sostenía le ganó e hizo contacto con una cuerda de alta tensión. Murió electrocutado. Yo había salido con mi madre y le dejé a nuestra hija para que la cuidara, pues mi capacidad de escuchar goool, estaba agotada.
Continuará

*Son historias que nacen de hechos reales, que acuden a otros igualmente ciertos para entremezclarse y desdibujarse en la ficción, porque todas y cada una de las mujeres que conozco desde su propia perspectiva y  respuesta, me enseñan a vivir. G.U.



1 comentario:

kiki dijo...

Me gustó.

La vida, vivir deprisa, vivir despacio, apenas vivir.

Aquí parece tocó lo primero.

Pendiente

Mis más sinceros respetos